Sant Andreu Gracia Montcada i Reixach

¿Porqué lloras?

José María Cubells y Sonia Ricart
Ediciones Martínez Roca, 2000
Comentado por Carlos González, pediatra, colaborador de la revista Ser padres y autor del libro Mi niño no me come

En el erial de la literatura actual para padres, el libro ¿Por quélloras?, del pediatra José María Cubells y la psicóloga Sonia Ricart, es como un viento de libertad o como una rosa del desierto.

Cubells y Ricart parten de la presunción de inocencia. El respeto y el cariño que muestran suena decididamente real, surgido más de la experiencia de la paternidad que de estudios y lecturas. El niño que nos describen no es ese supuesto monstruo galáctico, siempre dispuesto a exigir nuestra servidumbre y a aprovechar nuestra debilidad, que nos presentan otros «expertos»; sino una criatura humana, con sus virtudes y sus flaquezas, que anhela nuestro cariño y nos ofrece el suyo sin condiciones, que intenta comprendernos y complacernos, que necesita nuestra ayuda y nuestra presencia, que a veces se ve desbordada por acontecimientos que no domina o por sentimientos que no sabe analizar ni expresar.

Los autores han sabido evitar por igual el argot médico y la jerga psicológica, consiguiendo un texto fluido y elegante, que las madres y padres comprenderán y disfrutarán, y que los pediatras y psicólogos deberían estudiar y meditar.

Respetar a los niños ya no está de moda, si es que alguna vez lo estuvo. Ahora se hace hincapié en las «necesidades» de los padres frente a los «caprichos» del hijo. La sección de puericultura de cualquier librería está dominada por títulos del tipo Cómo domar a los niños, Cómo decir no a los niños, No seas impertinente, Duérmete, Cómo imponer límites... En ellos se explica que los niños nos manipulan, nos esclavizan y hacen teatro, que necesitan límites y disciplina, que no debemos responder en seguida a su llanto para que se acostumbren a tolerar la frustración.

El libro comienza precisamente desmintiendo estos tópicos: el niño no llora para fastidiar, no finge, no intenta manipularnos. Al contrario, llora porque está sufriendo, e intenta comunicarnos su dolor para obtener nuestra ayuda. La respuesta ante el llanto del niño debe ser inmediata y respetuosa; ofrecer nuestro contacto y nuestra compañía al tiempo que intentamos entender la causa del llanto y ponerle remedio. No siempre podemos encontrar la causa, no siempre podemos solucionarla; pero siempre podemos confortar a nuestro hijo con nuestra presencia y nuestra atención.

A veces, ni el mismo niño sabe bien por qué llora, o no es capaz de expresarlo. Los padres deben emprender un trabajo detectivesco, ofreciéndole pistas hasta dar con la buena.

Con sibilina astucia, los autores dan la vuelta a varios argumentos que habitualmente se usan en contra del niño:

- El difícil momento de conciliar el sueño... es difícil para el niño, que quiere dormir y no puede; por suerte podemos ayudarle con nuestra presencia física en tan delicado momento.

- Aprender a tolerar la frustración no consiste en frustrarles a propósito y dejarles llorar «para que aprendan», sino en ayudarles a alcanzar objetivos asequibles, evitando así la frustración que producen las metas inalcanzables. Se reconoce que el llanto o la rabieta es la reacción normal y sana de un niño ante una frustración, y que por tanto somos los padres los que debemos aprender a tolerar tales enfados, a reconocer que el niño está sufriendo y necesita más que nunca nuestro contacto y afecto.

- Permitámosle llorar no significa lo mismo que «dejarle llorar» (irse de la habitación y que llore), sino todo lo contrario: reconozcamos que está enfadado o dolido y que tiene derecho a estarlo, no nos enfademos con él porque llora, ofrezcámosle nuestros brazos y nuestro consuelo.

- ¿Quién manipula a quién?, es un título suficientemente expresivo. Nuestros hijos viven en un mundo que hemos hecho a nuestra medida, tomando continuamente decisiones sin consultarles. Esperamos que nos obedezcan, y casi siempre lo hacen; esperamos, además, que lo hagan alegres y sin rechistar, aunque no estén de acuerdo. ¿Cuántas veces no hemos oído que es fundamental mantener nuestras decisiones y no ceder a los llantos de los niños? Si cedemos, nos decían, el niño aprende a ser cada vez más exigente. Pero Cubells y Ricart responden con una afirmación liberadora, casi revolucionaria: cuando cedemos, le estamos enseñando a ceder.

Particularmente interesantes resultan los ejemplos prácticos que salpican el libro, ejemplos que transmiten la frescura de la vida real, y con los que muchos padres podemos sentirnos identificados. Quién no conoce a Alba, el bebé que cada vez llora más porque sus padres novatos creyeron en el manido consejo de «no vayas en seguida cuando llore, hazla esperar un rato»; a Diego, el pequeñín que ante un estruendo inesperado se asusta, pero no rompe a llorar porque un adulto amable le tranquiliza; a Elena, que se negaba a ir al cole, pero fue contentísima cuando su mamá averiguó la verdadera causa y la borró de piscina; a Álvaro, atormentado por los celos pero aún más por la actitud de quienes no entienden que es normal tener celos; a Marta e Iván, hermanos parecidos en todo, excepto en que el uno siempre duerme y la otra siempre llora; y a su mamá, tan sorprendida por el llanto como por su ausencia, y que tras haber deseado un niño más tranquilo se pregunta, ahora que lo tiene, si no estará enfermo; a Juanjo, llegó a casa tan hambriento que hubo que entretenerlo con juguetes mientras se preparaba la cena... y ahora está tan entretenido que no quiere ir a cenar; a Enrique, que llora desesperado porque sabe que a su padre no le gustan los niños llorones... Sobre todos ellos derraman los autores su amor y su respeto; el llanto de estos niños se nos hace súbitamente comprensible, justificado, humano.

No es fácil ponerse en el lugar del niño, y mucho menos del bebé. Por eso he encontrado especialmente útil el pequeño cuento del esquiador ingresado en un hospital suizo, con una pierna y un brazo roto, atormentado en medio de la noche por un fuerte picor en un pie, tan incapaz de rascarse como de pedir que le rasquen en una lengua extraña, y temeroso de hacerse pesado si vuelve a llamar a la enfermera por lo que parece una tontería. El esquiador lloró; y usted, ¿qué haría?

¿Por qué lloras? es un libro humano y ameno, que se lee de un tirón. Mientras corre a comprar su ejemplar, medite sobre una de sus frases:

Hay que olvidar el tópico de que el niño llora porque quiere. Para llorar es necesario estar sintiendo alguna cosa.