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ASPECTOS ÉTICOS DE LA INTERVENCIÓN CLÍNICA EN EL ÁREA DE NIÑOS, ADOLESCENTES Y VIEJOS

Leticia Escario

Como el tema es extraordinariamente amplio y complejo, voy a centrar mi comunicación en dos puntos:

El primero tiene que ver con un aspecto, o mejor dicho con una particularidad de la asistencia al adolescente. Me refiero a la paradoja que de alguna manera protagoniza su identidad, a la contradicción entre dependencia-independencia. El adolescente es independiente porque tiene capacidad para tomar decisiones, seguir iniciativas, tiene un pensamiento ideológico, unos proyectos de futuro, relaciones sexuales. Pero es dependiente, es obvio señalarlo, porque todas estas capacidades embrionarias, en estreno permanente, se tambalean tanto por sus propias inseguridades y temores, como por las presiones del entorno adulto que le colocan en su punto de mira y le someten a sus propias contradicciones e inseguridades.

El adolescente, cuando finalmente llega a la consulta después de un forcejeo con él mismo, ya que someterse a la observación del psicólogo-adulto le exige soportar el temor a ser visto infantil, limitado, anormal y sin salida, y de haber superado también el forcejeo con el entorno adulto al que siente llevándole irremisiblemente a pasar por el aro, cuando supera estas ansiedades, necesita ser recibido y atendido ya en el mismo momento en que se plantea la consulta y después, en la más absoluta y total privacidad; de no ser así, la fantasía de complicidad entre los adultos dispuestos a todo para la comida de coco para controlarlo hacen difícil a mi entender el llevar a término el proceso diagnóstico y la propuesta terapéutica si fuera necesaria. Las ansiedades paranoides refuerzan sus resistencias; de ahí que la recepción inmediata y en las condiciones que el adolescente desee, sin la presencia de la mayoría de los casos de los padres en un primer encuentro, sea, desde mi experiencia, imprescindible.

Pero al ser dependiente de los padres o sustitutos, qué hacer cuando por ejemplo se presenta solo porque le aconsejó un amigo o alguien de la escuela: existen unos aspectos legales que al menos al principio, y hasta que podemos orientar el caso, respaldan la actuación en privado del profesional, y son los siguientes:

“Actas de servicios de salud para menores”

Permiten tratamiento médico sin consentimiento paterno.

En España: Art. 162 del Código Civil “Acto personalísimo” o Derechos personalísimos que exceptúen la patria potestad

Actos relativos a los derechos de la personalidad y otros que el hijo, de acuerdo con las leyes y con sus condiciones de madurez, pueda realizar por sí mismo.

Menores “emancipados de hecho” “con madurez”

Excepciones tipificadas por los legisladores que eluden el requisito de consentimiento paterno.

Después será con el adolescente con quien negociaremos la presencia de sus padres, imprescindible para poder hacer un diagnóstico fiable. Nos hace falta datos de la anamnesis para diferenciar si el conflicto que presenta es transitorio-reactivo, propio de la crisis, si está presente a lo largo de la evolución sin modificación, si se ha reavivado en este preciso momento evolutivo, etc. Nos hace falta saber si el entorno es patológico, es inexistente, si es colaborador, si es sano, etc.

Aquí también nos encontramos, creo yo, con otro problema importante y es el de la información.

De qué, cómo y de cuánto hemos de informar al adolescente y a los padres o sustitutos. Creo que es importante generalizar o establecer normas en este sentido; cada caso exigirá un planteamiento diferente.

Para el profesional es difícil diferenciar cuándo tiene que respetar la privacidad o cuándo es cómplice. La ansiedad a la que nos somete nos lleva muchas veces a tratarle como a un niño para que en definitiva sean los padres los que se encarguen, y se responsabilicen; éticamente no damos una oportunidad a sus aspectos adultos, preservando su intimidad.

Pero otras veces busca la complicidad en conductas de las cuales la responsabilidad emocional e incluso legal aún es de los padres y ahí debemos hacerle ver que no seremos cómplices de una situación de riesgo para su vida o su salud mental, “respetando” su intimidad. Hay indicadores que nos ayudarán en estas situaciones que pueden ser transitorias y arriesgadas, que responden a una necesidad de verificar en la actuación determinadas capacidades en evolución, a diferencia de otras situaciones cronificadas, persistentes, que justamente dan idea de incapacidad e irresponsabilidad, lo cual requiere la presencia del adulto para que llegue donde el adolescente no puede llegar.

El segundo punto que quisiera enfatizar tiene que ver con la información, concretamente con el etiquetaje diagnóstico.

El adolescente, en cuanto que independiente, es un ser informado que además de buscar información, hasta el más pasota, o éste quizás más que ningún otro, se cuelga de la tele o de los medios de comunicación. Así, los programas sobre anorexia, violencia, delincuencia, sexualidad, toxicomanía, sin duda atraen su atención y no sólo del adolescente sino del entornofamiliar, que cae en la trampa de la alarma social y ve anorexias o psicopatías o delincuencia en situaciones transitorias. Esto no me parece preocupante, pero sí el que desde los profesionales de la salud, de la educación, etc. Caigamos en el furor diagnóstico, y nos precipitemos a diagnósticos a todas luces iatrogénicos, respaldados, eso sí, por el DSM IV. Un adolescente que se toma más o menos un año sabático porque psíquicamente necesita retrasar o detener su identidad adulta es un “fracasado”, un fracasado escolar.

La chica a quien la proximidad de la playa, el viaje de fin de curso, la amiga íntima con novio, la lleva a una dieta de anacoreta es anoréxica; el chaval que, llevado de nostalgias de latente, hace campanas o roba las placas relucientes del BMW o Volvo es un delincuente o un psicópata. O el que se inicia en el porro o en la pastilla del sábado noche es un adicto. La lista es interminable y tenemos constantemente ejemplos en la práctica ambulatoria, no quiero en absoluto minimizar las situaciones de riesgo a las que está sometido y vive el adolescente, pero sí quiero poner sobre la mesa el problema ético que plantea el diagnóstico precipitado, desproporcionado, hecho a presión de las limitaciones asistenciales muchas veces, pero también bajo la influencia de unos patrones sociales y culturales que sin duda nos afectan a todos.

Las consecuencias de estos diagnósticos precipitados y tendenciosos son recogidos por los medios de comunicación que los difunden creando reacciones en el adolescente, que van desde la hipocondría a la ignorancia más absoluta de esa información.

El profesional influye en los medios son sus diagnósticos, los medios los recogen, los convierten en epidemia, la sociedad los recoge a su vez cargados de ansiedad y así lo llevan a la consulta.

El adolescente se ve enfermo, anormal, y se defiende con la negación, la burla o la actuación; el “vas de anoréxica”, de “autista”, de “psicópata”, de “paranoico”, forma parte de su jerga habitual. Pero el adolescente también se hipocondriza, se enferma, no sólo se burla, y en cualquier caso su organización defensiva frente al agobio de la suma de presiones externas e internas hace difícil que le lleguen las medidas preventivas que las campañas de Salud ponen en marcha para proteger su salud mental y física.

Si me queda tiempo quisiera proponer otro punto a debate, y es el de los adolescentes sin familia, los que están bajo la tutela de los Servicios Sociales, y como la ausencia de MEMORIA, de una memoria relacional y afectiva, lleva a la utilización del informe como sustituto. De ahí que estos chicos y chicas pasen por la penosa experiencia del poli o pluriexamen psicológico, y que su corta existencia quede registrada en un Dossier cuyas dimensiones dan idea de la desproporción entre lo que el adolescente es y lo que se informa de él.

Para terminar, resaltar las dificultades de las particularidades de la asistencia al adolescente me llevan a plantear cómo hacer para preservar su derecho a la intimidad, su derecho al secreto profesional sin caer en patrones de relación seductores o de complicidades perversas con su identidad o con la de los adultos de su entorno, y como hacer para darle una respuesta a su demanda, clara, realista, higienizante, y no catastrófica o represiva.

 
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